martes, 13 de agosto de 2013

La conducta emocional de los adultos podría activarse en el útero


La conducta emocional de los adultos podría activarse en el útero
 Es la primera vez que los científicos han relacionado los cambios en la conducta de los adultos a alteraciones en la función placentaria




Una investigación de científicos de Cardiff y Cambridge busca demostrar que la placenta programaría el comportamiento de las personas
Madrid, (Europa Press).- Los adultos podrían estar en mayor riesgo de convertirse en ansiosos y vulnerables a la mala salud mental si se les priva de ciertas hormonas durante el desarrollo en el útero, según una nueva investigación de científicos de Cardiff y Cambridge, en Reino Unido.

Una nueva investigación en ratones, publicada en 'Nature Communications', ha revelado el papel de la placenta en la programación a largo plazo de la conducta emocional y es la primera vez que los científicos han relacionado los cambios en la conducta de los adultos a alteraciones en la función placentaria.

Similar a la insulina, se ha demostrado que el factor de crecimiento-2 juega un papel importante en el desarrollo del feto y de la placenta en los mamíferos, y cambios en la expresión de esta hormona en la placenta y el feto están implicados en la restricción del crecimiento en el útero.

"El crecimiento de un bebé es un proceso muy complejo y hay un montón de mecanismos de control que garantizan que los nutrientes requeridos por el bebé para crecer pueden ser suministrados por la madre", explica el profesor Lawrence Wilkinson, neurocientífico del Comportamiento en la Facultad de Psicología de la Universidad de Cardiff y director de la investigación.

"Estábamos interesados ??en conocer cómo la ruptura de este equilibrio podría influir en los comportamientos emocionales mucho tiempo después de haber nacido en la edad adulta", agregó este experto.

Con el fin de explorar cómo un desajuste entre la oferta y la demanda de ciertos nutrientes puede afectar a los seres humanos, el profesor Wilkinson y sus colegas, el doctor Trevor Humby, Mikael Mikaelsson,ambos también de la Universidad de Cardiff, y el doctor Miguel Constancia, de la Universidad de Cambridge, examinaron el comportamiento de los ratones adultos con mal funcionamiento de una hormona vital.

Humby añadió: "Hemos logrado esto dañando una hormona llamada factor de crecimiento similar a la insulina tipo 2, importante para el control del crecimiento en el útero.

Lo que encontramos cuando hicimos esto fue un desequilibrio en el suministro de nutrientes controlados por la placenta y que este desequilibrio tuvo efectos importantes sobre cómo los sujetos estaban en la edad adulta, es decir, que el tema se hizo más importante en el futuro".

"Estos síntomas se acompañaron de cambios específicos en la expresión de genes del cerebro relacionados con este tipo de comportamiento. Este es el primer ejemplo de lo que hemos llamado "placenta de programación" del comportamiento de los adultos.

No sabemos exactamente cómo estos eventos de la vida muy tempranos pueden tener efectos de largo alcance sobre nuestras predisposiciones emocionales, pero sospechamos que nuestros hallazgos pueden indicar que los gérmenes de nuestro comportamiento, y, posiblemente, la vulnerabilidad a trastornos cerebrales y mentales, se siembran mucho antes de lo que se pensaba", argumenta.

Fuente: www.lavanguardia.com

¿Cómo funcionan los músculos del útero durante el parto?

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*La intención con esta información es convocar la idea de que la 'contracción' no ocurre en cervix, sino en la matrix, y que en consecuencia ésta expande la cervix.

Desde nuestro comienzo y en respuesta a una tendencia creciente, hemos llamado 'expansiones' a las sensaciones ritmicas del trabajo de parto. Lo hemos hecho porque consideramos que la palabra contracción invita a pensar en algo que se cierra, que se contrae sobre si mismo, mientras que es lo opuesto lo que realiza, y que buscamos facilitar en la madre; el cuello de su útero se abre, se expande. Hemos querido darle énfasis al aspecto expansivo que se produce con cada sensación. Pero, ciertamente ocurre una contracción. El útero es un músculo, una matriz con fibras que se insertan vertical y longitudinalmente; en el cuerpo y que en la cervix se insertan de forma circularmente. No ha que creer por ello que forman un circulo perfecto, su movimiento de apertura es más bien elíptico (más info). Cuando las fibras verticales se 'contraen' se recortan y con esto hala las fibras circulares, que progresivamente se expanden hasta llegar a los 10 cm de dilatación.

Hay varios tipos de conocimientos que se necesitan como preparación al parto. Hay conocimiento instintivo, y preparación emocional o psicológica. Esta información de tipo fisiológica (aunque sin intención de hacer de manual de obstetricia) es también es importante; saber lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo, asiste en la visualización de su óptimo funcionamiento.

Fuente: http://www.placentera.com

Convertirse en madre





Ensayo de Nuria Otero, madre y doula, acerca de la revolución personal que significa convertirse en madre, con todas sus implicaciones fisiológicas, psíquicas y sociales. Un llamamiento a la subversión de las madres.
Por:
Nuria Otero
Hay algo de salto al vacío en el hecho de convertirse en madre. Porque realmente no sabemos qué pasará al día siguiente del parto. Quién será nuestro hijo o nuestra hija… pero fundamentalmente, desconocemos en quién nos convertiremos nosotras.

Si hay un aspecto en el que coinciden muchísimas mujeres a la hora de recordar el posparto es ese sentimiento de no reconocerse a ellas mismas, de no encontrar en el espejo a aquélla que fueron. Y no se trata tan sólo de un desencuentro físico, de que estemos más o menos gordas de lo que esperábamos, de que los pechos nos duelan, de que los entuertos y loquios no acaben cuando creíamos, de que el pelo se nos caiga a mechones, de que el cansancio nos desmorone hasta límites insospechados días antes y de que los brazos no se acostumbren a mantener constantemente el peso de nuestro bebé.

No… es mucho más que eso. Es el encontrarse con una mujer a la que desconocemos totalmente. Que piensa cuestiones y en cuestiones en las que nunca había pensado antes, que se contradice a sí misma cada cuarto de hora, que aunque quiere dormir no deja de velar el sueño de ese pequeño ser que acaba de romper en dos sus creencias, que tiene miedo y vértigo y alegría e inseguridad y se siente fuerte y poderosa a la vez que débil y diminuta… una auténtica montaña rusa en la cual las hormonas tienen mucho que ver, pero también una incalculada brecha que se ha abierto en nuestra vida gracias a la aparición de ese pequeño que nos ha arrebatado la cordura.

Entrevemos la mujer sin límites que podríamos llegar a ser

Una brecha a través de la cual entrevemos las posibilidades reales del amor, del deseo, de la entrega… la mujer sin límites que podríamos llegar a ser, la verdadera YO que se esconde tras cientos de convenciones sociales, tras velos y velos de “cordura”, tras la obediencia aprendida y el “saber estar” pretendido.

Y lo que se ve nos encanta, pero a la vez nos asusta… como las atracciones de feria, a las que la mayoría de las veces, pasada una cierta edad, dejamos de subir, porque el miedo puede más que el maravilloso agujero en el estómago a la hora de dar una vuelta cabeza abajo en una máquina infernal. Así, miramos hacia otro lado mientras esperamos que la brecha se cierre, mientras esperamos que alguien nos ayude a cerrarla o simplemente la cierre a base de dosis de realidad.

Ahora bien… ¿qué es lo que sucede realmente? ¿qué nos pasa a las mujeres durante el posparto?

Por un lado, hay un poco de química y cambios hormonales que nos vinculan (o desvinculan) de una manera diferente a las demás personas, a nuestro nuevo hijo, a nosotras mismas y al mundo en general. Pero estos “estados alterados de la biología” adquieren unas connotaciones muy diferentes en función del tamiz cultural al que nos vemos sometidas.

Por otro lado, en el posparto, precisamente gracias a ese puñado de hormonas en el que nos convertimos, se producen aperturas de conciencia, reconocimientos de verdades que quizás ni íntimamente habíamos percibido, surge nuestra vida toda ante nuestros ojos, y también las posibilidades que tenemos. Es la brecha de la que hablaba y de la que nadie habla… ni antes, ni durante, ni después del embarazo, centrados como estamos en ver sólo lo visible, lo tangible, lo conocido… volcados como vivimos en los resultados (el embarazo perfecto, el niño guapo y entero), y en la vuelta a la supuesta normalidad que nos envuelve (nuestra figura de siempre, nuestra rutina diaria, nuestro éxito laboral, nuestra vida triunfante).

Y por último, pese a todas esas posibilidades tanto físicas como psicológicas y emocionales que se abren ante nosotras, existe un mundo que nos condiciona, que nos ata, nos juzga y nos sojuzga de una manera tan omnipresente y omnipotente que somos casi incapaces de verlo, tan libres y perspicaces como nos creemos.

Sin embargo, pese a ello, pese a las dificultades, más allá de los condicionantes, de los juicios y prejuicios, a pesar de nosotras mismas y nuestra historia, existen posibilidades de maniobra, pequeños gestos que día a día pueden hacernos más libres, mejores personas y, fundamentalmente, madres más conscientes.

Desarrollemos un poco cada idea.


1 . La impronta, las hormonas, el vínculo.

Durante el parto, durante el nacimiento de un bebé y en las primeras horas posteriores, se producen ciertos fenómenos hormonales de una intensidad incomparable a la de cualquier otro momento de la vida humana. Cuanto menos intervenido sea el parto, cuanta menos medicalización del proceso, más cantidad de hormonas (fundamentalmente oxitocina) tendremos tanto en la madre como en el bebé. Y esas hormonas son necesarias para que tanto el parto como el nacimiento culminen con éxito. Se hacen necesarias para el alumbramiento espontáneo de la placenta, para la contracción natural del útero, para la subida del calostro y, más adelante, de la leche materna, para que el bebé encuentre por sí sólo el pecho y la manera correcta de succionar… pero fundamentalmente, se hacen necesarias para producir un fenómeno mucho más importante para la vida de madre e hijo: la impronta.

La impronta es un proceso que sabemos reconocer muy bien en otros mamíferos; es la responsable de que mamá y bebé se reconozcan aún en medio de enormes manadas de individuos, y al contrario… cuando a un mamífero se le saca su cría y no se le da hasta horas después puede llegar a rechazarla, a no reconocerla como suya. Es una especie de sello no visible pero infalible. En los humanos, es la responsable de que el bebé llore cuando se aleja de su madre, de que a la madre algo se le remueva cuando no escucha a su bebé, o cuando lo escucha llorar, o de que las madres lactantes segreguen leche cuando el bebé llora… Según el Dr. Michel Odent, la primera hora de vida es el momento crítico en el que se produce esa “impronta hormonal”, que va a favorecer un proceso aún más importante: el vínculo afectivo entre madre e hijo.

Incluso en los casos en que el parto haya sido intervenido y la segregación hormonal no haya sido tan potente, se dan cambios que afectan directamente a la relación que mantendremos de ahora en adelante con el bebé. De hecho, la lactancia también profundiza y favorece ese vínculo.

“Así la madre que da de mamar está en un equilibrio hormonal particular. Está bajo los efectos de una hormona indispensable para que se produzca la secreción de leche por el seno. Se trata de la prolactina. Pero esta hormona tiene otros muchos efectos además de ser responsable de la puesta en marcha de la glándula mamaria. Es la hormona que empuja al animal a construir su nido. Es también la que desencadena los comportamientos agresivos característicos de las hembras que amamantan. Algunos de sus efectos en los comportamientos humanos han sido establecidos por el estudio de los síntomas de los tumores secretores de prolactina en la mujer y en el hombre. En primer lugar la prolactina reduce la libido, el interés sexual. Posteriormente tiende a engendrar estados de subordinación, de sumisión y también un cierto grado de ansiedad. Estos efectos de la prolactina en la conducta de la hembra son fácilmente interpretados como ventajas para la supervivencia de la especie. Cuando una mujer comienza la lactancia todos los efectos de la “hormona del amor” tienden a dirigirse al bebé. El bebé se convierte en objeto de amor. La subordinación permite una disponibilidad máxima frente a las exigencias del bebé. En lo referente a la ansiedad se traduce por una capacidad de vigilancia acrecentada durante el período de lactancia y una tendencia a no experimentar las fases de sueño profundo.” Michel Odent, El bebé es un mamífero.

Ante este estado bioquímico, es lógico entender muchos de los desconciertos que atacan a una madre recién parida o a cualquiera que conviva con ella e intente seguir un orden o rutina preestablecidos con antelación a la llegada del bebé. Cualquier parecido con la persona que la madre fue antes de dar a luz será mera coincidencia, y ella estará tan sorprendida por sus hallazgos, por sus nuevas decisiones, por sus nuevos sentimientos, por sus reacciones imprevisibles, como cualquiera que la observe desde la barrera sin intentar comprender.

Nuestra cultura no está preparada para aceptar a las madres

El problema que nos encontramos ante todo esto es que nuestra cultura no está preparada para aceptar a las madres (ni para dejar que ellas se acepten a sí mismas) con este estado hormonal. Porque aceptarlo sería aceptar que las mujeres, durante este período y en ese estado, vivirían por y para la criatura. No se encargarían de otra cosa porque su propio cuerpo boicotearía cualquier otra iniciativa. Amamantarían día y noche sin mirar el reloj ni el calendario, cargarían al bebé sin complejos porque así lo pediría él y porque así responderían ellas. No volverían a trabajar a los cuatro meses aún por cumplir del bebé, ni a los cinco, ni a los seis… ni sabe dios cuándo; por lo tanto, no producirían en su trabajo ni demandarían creación de empleo en el sector de la educación infantil.

La conciliación familiar perdería sentido… Por eso nos empeñamos en que todo vuelva a la normalidad… entendiendo por normalidad lo que había antes del parto… y si puede ser antes del embarazo, mejor. Nos empeñamos en que la madre separe de sí al bebé, amamante a períodos organizados, vuelva a la rutina, se comporte como se comportaba antes… para que todo siga girando, para que nada se tambalee, para que no tengamos que plantearnos el sentido de todo lo que hacemos… que la biología funcione de una determinada manera no tiene, para nosotros los occidentales, ninguna razón de ser.

Y así, doblegamos a las madres, nos doblegamos, y nos convertimos en mujeres que desean algo que no pueden tener, porque ni nosotras mismas nos lo permitimos. Sacudimos la cabeza, miramos hacia otro lado y seguimos con nuestra vida intentando no ser demasiado conscientes de lo que sentimos, de lo que la biología y la química nos demandan… y así, vamos perdiendo la posibilidad de reforzar el vínculo con nuestros hijos, vamos perdiendo credibilidad ante nuestros propios ojos… volvemos al redil.

2 . La herida abierta.

“Todas las mamás, con un mínimo de sostén emocional, son capaces de amamantar, de acunar, de higienizar a un bebé, de proporcionar los cuidados físicos necesarios para su supervivencia. (…) La dificultad se presenta cuando se impone reconocer en el cuerpo físico del bebé, la aparición del alma de la mamá, en toda su dimensión. Reconocernos frágiles, como “mamásbebés”. Cuidarnos como tales. Respetarnos con estas nuevas cualidades. Tenernos paciencia en este tiempo tan especial y no exigirnos un rendimiento igual al acostumbrado. Abrirnos a la sensibilidad que se nos agudiza y a la percepción de las sensaciones que son vividas con un corazón inmenso y un cuerpo que sentimos pequeño porque somos bebé y persona adulta simultáneamente.

Es como tener el corazón abierto, con sus miserias, sus alegrías, sus inseguridades, con todas las situaciones pendientes para resolver, con lo que nos falta comprender. Es una carta de presentación frágil: esto es lo que soy el fondo de mi alma, soy este bebé que llora.

Podríamos considerarla una ventaja exclusiva de las mujeres: la posibilidad de desdoblar nuestro cuerpo físico y espiritual, permitiendo que aparezcan total claridad las dificultades o los dolores personales.

El bebé siente como propios todos los sentimientos de la mamá, sobre todo aquellos de los que no tenemos conciencia. La mayoría de las mujeres no aprovecha esta ventaja de tener el alma expuesta; es riesgoso encontrarse con la propia verdad. Sin embargo, es un camino que indefectiblemente vamos a recorrer, aunque la decisión de hacerlo con mayor o menor conciencia es personal.” Laura Gutman, La maternidad y el encuentro con la propia sombra.

Cuando un bebé nace, nacemos nosotras con él. Renacemos

Cuando un bebé nace, nacemos nosotras con él. Renacemos. Nos volvemos a ver, en muchas ocasiones, pequeñitas y desamparadas. Primero porque, actualmente, las mujeres hemos perdido las referencias y la experiencia previa sobre bebés, no sabemos nada de ellos, de cómo son, de cómo se cuidan, se lavan o se acunan, pero tampoco de cómo sienten, de cómo lloran, de cómo acarician, de cómo llenan el espacio y, a la vez, lo vacían de lo superfluo. Por lo tanto, nos sentimos aprendices en nuestra propia vida, pero sin tiempo ni posibilidad para el ensayo, para equivocarnos. Al haber perdido el contacto con otras mujeres paridas y con sus bebés, hemos perdido los conocimientos sociales y culturales que, con respecto a la maternidad, manejaban con soltura nuestras abuelas y bisabuelas.

Pero, además, porque ser madre, convertirse en madre, encontrarse puérpera, nos supone reencontrarnos con el bebé que fuimos, con lo mucho o poco que nos desearon, nos acunaron, nos besaron, nos cantaron, nos acariciaron. Supone traer a colación nuestros peores y mejores recuerdos de infancia, enfrentarnos con lo mucho que nos parecemos a lo bueno y lo malo de nuestras madres, supone ver en quiénes nos hemos convertido en ese espejo en el que aparece una mujer que se parece a nosotras pero que ya no es.

Muchas mujeres relatan que cuando tienen un bebé aparecen, nadie sabe de dónde, canciones infantiles y nanas que no habían oído desde que hace veinte, treinta o cuarenta años empezaron a dormir solas… otras relatan largos y detallados cuentos que meses antes no podían recordar ni siquiera con esfuerzo. Junto con esos cuentos y canciones regresan a menudo la voz que los contaba o cantaba y las circunstancias que los rodeaban.

También, en ocasiones, regresa el vacío de no haber sido cantada ni contada. Emocionalmente, en este momento, las mujeres abrimos una especie de bucle temporal que, además de lo bueno, nos trae también lo malo, lo regular y lo terrible. Nos devuelve nuestra propia infancia. Puede que no seamos conscientes de ello, pero ocurre. Y todo lo que nos llega nos tocará como por arte de magia y nos hará estar en una disposición completamente nueva para asumir la maternidad, pero también para asumir nuestra propia vida, para asumirnos como somos, como fuimos, para querernos a pesar de que nos hayan querido o no y, así, empezar con nuestro bebé una relación nueva, que no lleve a rastras las carencias o excesos de nuestras propias relaciones como hijas…

A las mujeres se nos urge para que volvamos a ser como antes


Pero otra vez, a las mujeres se nos urge para que volvamos a ser como antes, para que no nos detengamos en búsquedas ni en profundidad, para que dejemos estar lo dormido durmiendo y nos dediquemos a dormir lo que despierta. El mundo no nos concede el tiempo que necesitamos para asumir estos procesos, ni siquiera nos concede la posibilidad de hacerlo en nuestros ratos libres… nos ocupa con visitas, paseos, gimnasios… nada que nos deje solas y capaces de abrir la brecha, de bucear en ella, de ahondar en el dolor que produce para sanarlo. Otra vez, nos distraen de lo importante y nos dejamos liar.

3 . La libertad con cuerdas.

Hace bastantes años que las mujeres occidentales hemos dejado atrás la esclavitud de la vida de amas de casa, cuidadoras de marido e hijos, limpiadoras a tiempo completo, celadoras del orden y la pulcritud de nuestro hogar y prole. Ahora estudiamos una o dos carreras, varios posgrados, másters y especializaciones y, con suerte, accedemos a un puesto laboral semi-acorde a nuestras expectativas, que nos lleva casi todo el tiempo de que disponemos y nos da una cierta libertad económica (esta libertad va a depender del puesto real que desempeñemos laboralmente y también del nivel de vida y estatus en el que pretendamos movernos).

çLo que ocurre habitualmente es que vamos relegando otros aspectos más íntimos de nuestra vida en aras del desarrollo de esa parte académico-laboral. Y cuando nos damos cuenta, suele ocurrir que estamos inmersas en un ritmo de vida del que no podemos zafarnos. En el momento en que alcanzamos el puesto o estatus por el que luchamos es cuando, en principio, podemos bajar el ritmo para dedicarnos a otros menesteres entre los cuales entran los planes para convertirnos en madres. Pero entonces es cuando nos damos cuenta de que todo el mundo que hemos construido se sostiene sólo si seguimos con el mismo ritmo, con las mismas exigencias, con la misma dedicación a nuestra vida profesional.

El problema, claro está, no radica en ese ritmo, ni en el hecho de vivir una vida profesional más o menos masculinizada, ni siquiera en el hecho de que dudemos si bajar el ritmo es bueno o malo, de que temamos las consecuencias, de que “el tren se nos vaya”. El problema es que consideremos, como sociedad, que sólo saliendo de casa y triunfando profesionalmente, nos estamos realizando. Cualquier mujer que se atreve simplemente a cuestionar esta verdad y piense, aunque sea por instante, en tener hijos y hacer un paréntesis o un cambio de ritmo laboral es acallada por múltiples críticas, advertencias y admoniciones de todo tipo: te quedarás sin tu puesto, te echarán del trabajo, ya no podrás optar al ascenso, no contarán contigo… en ocasiones, estas advertencias no pasan de ahí, pero en otras se convierten en realidad.

Hace falta una conciencia social sobre lo que realmente nos aporta criar a nuestros hijos

Evidentemente, esto es algo que no se puede permitir, es un aspecto de la realidad laboral de este país y de otros muchos que hay que solventar. Pero opino tajantemente que la solución a este problema no pasa por que releguemos la maternidad, el cuidado y la crianza de nuestros hijos al último lugar en nuestra lista de prioridades. La solución no está en no tener hijos hasta que logremos el puesto más alto en la empresa y luego volver a trabajar en menos de 4 meses para que nadie note nuestra falta… la solución es otra, y parte, en primer lugar, de una conciencia social sobre lo que realmente nos aporta criar a nuestros hijos, no como personas, que también, sino como sociedad, como civilización… verdaderas políticas de conciliación basadas en el respeto por la familia y no en el respeto por el empresario.

"Las apariencias a menudo engañan, sobre todo si esa apariencia está preparada y es una estrategia del Poder. Con la revolución científico-técnica y, como dice Agustín García Calvo, los medios de formación de masas, se ha conseguido una casi total deshumanización y robotización de la función materna, que supuestamente 'libera' a la mujer de la degradada y socialmente degradante tarea de la maternidad. Las mujeres hemos caído en la trampa. Al haber logrado convertir la maternidad en una opción o, gracias a las leches artificiales y al plástico, en una gestación compatible con una carrera profesional definida según el arquetipo masculino, nos hemos creído que, por fin, habíamos accedido a la igualdad con los hombres.

Pero el haber logrado que la maternidad sea una opción no zanja la cuestión, y la robotización de la función materna refuerza aún más el discurso y las raíces de la sociedad patriarcal. Porque, si sólo renunciando a la maternidad o deshumanizando su función podemos dejar de ser inferiores, estamos asumiendo que la maternidad es algo efectivamente degradante y que nos inferioriza, que nos rebaja, que nos hace ser como vacas o animales reproductores.” Casilda Rodrigáñez Bustos. Mujer, maternidad y socialización.

Lo que ocurre, como ya he dicho, es que, verdaderamente, la maternidad no es una opción tan válida como otras. Es la opción con la que se quedan quienes no tienen opciones. La hermana pobre de las opciones que a las mujeres nos da la vida. Incluso la mayor parte de las mujeres que en un primer momento optan por dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de los hijos, lo hacen pensando que es una decisión temporal, y que cuanto menos tiempo pase, mejor, así costará menos volver al “mercado laboral”.

Ocurre otra vez, por mucho que nuestro bebé nos haya emocionado y enamorado, por mucho que hayamos descubierto nuestras fortalezas y debilidades, por mucho que deseemos quedarnos a cuidar y criar a nuestros hijos, la sociedad patriarcal, monetarizada y jerarquizada en la que vivimos, decide por nosotras y nuestras familias dónde está nuestro lugar en el mundo, y por supuesto, y mucho más grave, dónde está el lugar de nuestros hijos… en la guardería, lejos de casa, lejos de la madre, de manera que los deseos e instintos de ambos se vayan apagando a base de distancia física y temporal, a base de la aparición de tareas y personas que interfieren en el apego y la necesidad vital de madre e hijo de permanecer juntos. Nada se descoloca, la rueda sigue girando, el mundo sigue produciendo y nosotras con él, y nuestros hijos, desde sus primeros meses de vida, crean puestos de trabajo.

4. La alternativa.

La maternidad queda habitualmente reducida al ámbito hogareño y familiar, sin suscitar interés si no es en sus vertientes más físicas como el parto, la lactancia o las depresiones puerperales. Sin embargo, en los últimos tiempos, diversos medios de comunicación y algunos expertos en sociología o antropología le dedican tiempo no sólo al estudio de la maternidad en su conjunto, desde puntos de vista sociales, culturales o históricos, sino que también destapan y dan relieve a una serie de mujeres que confían en sus cuerpos para parir y criar a sus hijos, que deciden que la maternidad no es un obstáculo para el trabajo sino al revés, es el trabajo y el mercado laboral actual el que presupone un impedimento para el desarrollo de la maternidad, y asumen, por lo tanto, esta importante función vital como una prioridad ante otras que vengan dadas desde fuera. Madres conscientes, retrofeministas, madres insumisas… son muchos los nombres que estas madres de las que hablo reciben.

Es necesaria una actuación subversiva consciente de las madres

He descrito hasta ahora la realidad más cruda. La de cientos y cientos de mujeres y madres que se encuentran con un bebé en brazos y con él, ante la disyuntiva de cómo seguir adelante con todas las verdades que se les han presentado ante los ojos… cómo dar el siguiente paso sin las vendas que nos cegaban… cómo continuar la vida sabiendo todo lo que nos está siendo arrebatado, de bueno y de malo, por seguir la senda trazada de la obediencia y el silencio. Casilda Rodrigáñez nos habla del “estado de sumisión inconsciente” en el que vivimos las mujeres, las madres y la sociedad en general. Creo que para poder salir de ahí no queda más, pues, que una actuación subversiva consciente.

Subversiva (“madres insumisas”, las llama Isabel Aler) porque plantea el quiebre de muchas de las estructuras rígidas que nos sostienen, nos contienen y nos mantienen en este estado. Porque supone, en ocasiones, atentar contra el significado social y cultural de la palabra “éxito” y de su resultado, el “bienestar”. Porque ataca a la sociedad de consumo, al mercadeo (que no mercado) laboral, a la perpetuación de roles y a los modelos establecidos de crianza, de jerarquías, de familia, de sociedad… en una palabra.

Y consciente. Consciencia… madres conscientes. Conscientes de sus necesidades, carencias y deseos, conscientes de las necesidades, carencias y deseos de su bebé, conscientes de cómo actúa el mundo que nos rodea, consciente, sobre todo, de lo inconsciente… una tarea dura, difícil, ingrata… mucho más que el dejarse llevar.

La solución, pues, está en atender a nuestros deseos y nuestros instintos

La solución, pues, está en atender a nuestros deseos y nuestros instintos más que a nuestros deberes y aprendizajes sociales. Cuando un bebé nace, cuando nacemos con él, nos transformamos en otra, otra que se parece algo a quien fuimos, o mucho, pero que tiene otras prioridades, otros saberes… como mujeres en plena tormenta hormonal, como mujeres privilegiadas por los recuerdos de la infancia, aprovechemos todo el conocimiento que guardamos dentro de nosotras, el que duerme bajo todas las convenciones y normas sociales.

Si queremos dar el pecho, demos el pecho… olvidemos las vestiduras y el recato y amamantemos a nuestra cría… dejemos a un lado el reloj, la báscula y los complementos de plástico, látex o silicona… ningún otro mamífero los utiliza para dar de mamar a sus hijos. Si queremos acunar a nuestros hijos, cargarlos, tocarlos y abrazarlos, hagámoslo sin miedo al qué dirán, sin miedo a las consecuencias… los niños no se malcrían, se crían mal, que no es lo mismo… hagamos caso a nuestro instinto cuando queramos apaciguar su llanto en la noche o en el día, protejámosle de todo lo que nos parezca una amenaza y de cualquier cosa que se lo parezca a él… seamos madres amantes, deseosas de su bebé, de su contacto y su olor… dejémonos llevar por la maravillosa oportunidad que nos brinda la naturaleza de encontrarnos con nosotras mismas.

Actuaciones subversivas conscientes. Que arrastren a otros. Que los hagan pensar. Encontremos otras madres con quienes compartir tiempo y saber. En quienes confiar y a quien confiar lo que intuimos, lo que sabemos. Creemos redes, lazos. Las mujeres estamos solas con nuestro saber anquilosado y nuestros cuerpos y tiempos entregados a la ciencia y la técnica, al desarrollo social y económico. Y la soledad nos hace más vulnerables… nos hace más indecisas, menos valientes. Y no me refiero a madres solteras, sino a madres profundamente solas. Solas con una pareja (hombre o mujer) que sale de casa una parte importante del día. Solas con una familia extensa que vive lejos o que a veces, no vive. Solas sin conocimientos sobre lactancia, sobre posparto, sobre noches en vela, sobre pechos que duelen o sangran.

Así, el cuidado y crianza de los hijos, el día a día, se convierte en una alta montaña a la que subir sin apenas herramientas que nos ayuden. Por eso es necesario volver a crear los conocimientos que antes compartían las mujeres de generación en generación, para dejar de sentirnos solas, para volver a ser conscientes y para que la maternidad no tenga que convertirse en una lucha por nuestros derechos y los de nuestros bebés…




* Este artículo fue publicado en el Foro de la Asociación Criar con el Corazón
 
Sobre la autoraNuria Otero es licenciada en Pedagogía y Psicopedagogía, orientadora familiar y doula. Se ha formado con M. Odent, L. Lammers y Laura Gutman, entre otros profesionales. Acompaña antes, durante y después del parto. Realiza orientación familiar de manera privada, acompañando a familias, niños y niñas en la crianza y la educación. Organiza charlas y talleres sobre doulas, maternidad y crianza. Es co-fundadora y presidenta de la Asociación Galega de Doulas. También es Coordinadora Regional para 3Colours Spain.


martes, 18 de junio de 2013

El Colecho



Colecho o cama familiar
                


 ¿Qué es el colecho?
 
El colecho es compartir la cama con nuestro bebé.  Ya sea en la misma cama, en una cuna o cama supletoria adosada a la cama de los padres, o en colchones en el suelo; es una práctica extendida en nuestra sociedad, pero pocas veces comentada, ya que tiene muchos detractores quienes no ven conveniente colechar con los niños, y dependiendo de la  cultura tiende a ser rechazado por  diferentes cuestiones, entre ellas, psicológicas ya que muchos sostienen que al practicar el colecho los bebés, son más inseguros, más temeroso y que en un futuro serán  menos autónomos.

Lo cierto es que no existen datos contundentes que indiquen lo anterior, ni estudios que avalen dicha postura, por el contrario cada vez se habla más de los beneficios de esta práctica para las familias con bebés.

Desde el origen del hombre, colechamos, compartimos nuestros sitios de descanso con los bebés, fue hace unos 150 años cuando se empezaron  a construir casas con habitaciones, y se comenzó a separar a los bebés de los padres. Incluso parte de la historia cuenta que  en la edad media había  más niños que la capacidad  de los padres para alimentarles, comenzaron entonces a dispararse las muertes “accidentales” de niños por asfixia;  por lo cual la iglesia prohibió que se durmiera en la cama con los bebés para prevenir este tipo de muertes.   Obviamente compartir la cama con el bebé debe llevar en si mismo implícitas unas normas de seguridad que veremos más adelante.

El colecho se practica en muchas culturas, incluyendo a países desarrollados, la práctica en sí parece estar altamente difundida, es la percepción de esta lo que cambia según la cultura en la que nos encontremos. 
Por ejemplo, Estados Unidos suele considerarse un país reacio a la práctica del colecho, lo sorprendente es que en encuestas realizadas, aproximadamente un 44%  de los padres con bebés de entre 2-9 meses manifestaban haber dormido con sus bebés en algún momento, y un 68% de los encuestados disfrutaba de la presencia de el bebé en su cama.

En Japón la percepción cambia muchísimo, allí el colecho es la norma, culturalmente no es cuestionable compartir la cama con un bebé, además es el país con índice de muerte súbita del lactante más bajo y con uno de los índices de lactancia más altos del mundo. Al hacer la pregunta de si se compartía la cama con los bebés un 60% de los japoneses contesto que sí lo hacía.

En países como Nueva Zelanda, se sugiere compartir la habitación con el bebé al menos en el primer año de vida, como prevención del síndrome de muerte súbita del lactante que disminuye mucho cuando se practica el colecho.

El Antropólogo  James Mckenna, en un  estudio realizados en Estados Unidos en el año  1997 y publicado en Pediatrics, analizó el sueño y el comportamiento nocturno de madres y bebés que compartían la cama, con el fin de compararlos con bebés solitarios;  encontró que había una regulación importante entre madre e hijo,  ambos responden a los estímulos, su fase de sueño es menos profunda pero permite a la madre estar más alerta y al bebé mamar más y aprender a regular su respiración, esto debido a que la fase REM  en inglés (Rapid eyes movement) que se divide en 4 niveles en los cuales el sueño profundo se da entre el 3º y 4º se mantiene en una fase más superficial para permitirle al niño estar más alerta. Se dice que las madres se anticipan a los despertares del bebé unos segundos, lo que hace que se le atienda  con más eficacia y éste a su vez estaría menos tiempo despierto. Por eso al preguntar a muchas mujeres que practican el colecho cuantas veces suelen despertar en la noche, la mayoría no sabe porque en realidad no lo han hecho del todo!

El desarrollo neuronal en los bebés se realiza en fases de sueño poco profundas, por lo cual al practicar el colecho estaríamos no solo facilitando la lactancia materna, sino también el desarrollo cerebral del niño.

Según Mckenna el roce, el movimiento, la respiración, el contacto, la voz, son positivos para el bebé.

Como vemos practicar el colecho tiene múltiples ventajas:

  • La regulación de la temperatura, se ha visto que si la temperatura corporal del niño aumenta, la de la madre desciende para regular la del pequeño.
  • Contribución al óptimo desarrollo del cerebro,  ya que se favorece el desarrollo neuronal por estar más tiempo en fase de sueño no profunda.
  • Mayor conexión con la madre, ya que ésta, está más alerta a las necesidades del niño.
  • Favorece y mantiene la lactancia materna.
  • Disminución del Riesgo de Muerte súbita del Lactante,  aunque la lactancia materna por sí sola ya sería un factor protector, compartir la cama con el bebé también lo disminuiría, por favorecer la lactancia y a su vez hacer que el bebé este en fases de sueño no profundo que le permitan responder eficazmente a las apneas del sueño.
  • Mayor comodidad para los padres y más aún para la madre que amamanta.

Es necesario tener en cuenta las siguientes recomendaciones para practicar un colecho seguro:


  • No compartir la cama con un bebé cuando las personas que lo hagan estén bajo los efectos del alcohol, drogas o extremo cansancio, ya que se reduce la posibilidad de responder a las necesidades del bebé.
  • No practicar colecho si hay una  persona fumadora, ya que esto incrementa el riesgo de muerte súbita del lactante.
  • No usar mantas, sabanas o edredones muy pesados ni de tejidos muy gruesos, de pelo o sintéticos que puedan agobiar, tapar el bebé o aumentar mucho su temperatura corporal,  en invierno es preferible regular la temperatura de la casa y no saturar de ropa.
  • Si se practica el colecho con una cuna o cama adosada a la de los padres, que éstas queden al mismo nivel,  para evitar que haya espacios por donde pueda colarse el bebé y asfixiarse.
  • No utilizar colchones muy blandos.
  • No dormir con un bebé en sofás, colchones de agua, o pufs ya que el bebé puede quedarse atrapado por algún lugar y correr el riesgo de asfixia.
  • No usar almohadas o cojines que puedan asfixiar al bebé.
  • Evitar que las mascotas compartan la misma cama con el bebé.
  • En caso de obesidad extrema es mejor no compartir la cama con el bebé.
  • Si los padres duermen juntos, no ubicar el bebé en el medio. Los padres suelen tardar más en hacerse a la idea de que se comparte la cama con el pequeño.

Teniendo estas medidas en cuenta, practicar el colecho es seguro y aporta múltiples beneficios para las familias; así que como profesionales de la salud nuestro esfuerzo debe concentrarse en informar a las madres de los beneficios y  los riesgos si no se practica el colecho adecuadamente y cada familia, según sus necesidades, cultura o posturas personales tomaran la decisión que consideren adecuada para ellos.

Autor: Gestarte Maternidad y Puericultura.   http://www.parabebes.com/revista/que-es-el-colecho